
En defensa del pesimismo
Fragmento de Libro de las
explicaciones, de Tedi López Mills
Imaginé una lucidez aguda, penetrante, al estilo de Chamfort o
Lichtenberg, pero ya adaptada a un nuevo régimen. En resumen, cometí el gran
pecado de los pesimistas: tuve expectativas. No conté con un elemento tan
drástico como el destiempo. El delirio monotemático de Cioran pertenecía a otra
época.

Sospecho que el principal obstáculo del pesimismo es que
tenga que llevarle la contra al optimismo y que, por esta constante oposición,
adquiera una monotonía que puede convencer a sus adeptos de pasarse al bando
contrario. Sin duda a mí me desconcierta la gente que le pone siempre su mejor
cara a las circunstancias, le saca partido aun al peor de los hechos, afirma que
algo estuvo bien cuando evidentemente estuvo mal, pero me temo que el pesimismo
o, mejor, la expresión del pesimismo, provoca una inquietud mayor: es aburrida,
reiterativa y exagerada. Hay que admitir, además, que una campaña a favor del
No rotundo posee un fondo de optimismo, en la medida en que quiere tener la
razón, ganar la partida. El pesimista peca a veces de iluso, de ensimismado, y
no se da cuenta de que su melancolía, su resignación y su visión oscura se han
transformado en una especie de demagogia de promesas que, si se cumplen, corren
el riesgo de hacerlo feliz o al menos de darle satisfacción. Se cae entonces en
una paradoja: en un optimismo perverso. La única salida es el silencio. El
verdadero pesimista no da explicaciones y le deja al optimista todas las
ventajas y las banalidades de la elocuencia.
Mi intención original no era comenzar criticando al pesimismo, sino
exactamente lo opuesto, como bien lo plantea mi título. Sin embargo, para
documentar y fortalecer mi vía negativa se me ocurrió leer a un autor que estuvo
de moda en los ochenta y tal vez a principios de los noventa: E. M. Cioran.
Pensé que en sus libros encontraría el destilado más puro de una inteligencia
epigramática, sardónica; que cada una de sus frases ahondaría en un estado de
ánimo que subsiste al margen de cualquier experiencia. Imaginé una lucidez
aguda, penetrante, al estilo de Chamfort o Lichtenberg, pero ya adaptada a un
nuevo régimen. En resumen, cometí el gran pecado de los pesimistas: tuve
expectativas. No conté con un elemento tan drástico como el destiempo. El
delirio monotemático de Cioran pertenecía a otra época, quizá no del mundo, pero
sí mía. Recuerdo que varios de mis amigos leían a este rumano radicado en París
como si hubiera sido el gran mensajero de un apocalipsis ahíto de esperanza,
donde uno podía odiar y denostar con estilo, donde uno podía cultivar el
embeleso con la muerte sin tener que rebajarse a la vulgaridad de morir, pues
incluso el suicidio quedaba del lado de los creyentes, de los optimistas. Con
Cioran se aprendía que la escasez de procedimientos, de sistemas desembocaba en
la única verdad inobjetable: nuestra vida en este mundo carece de sentido y
estamos aquí por accidente. Construir una ontología o teología sobre esta base
es un gesto puramente teatral. Al cabo moriremos y una cosa sustituirá a otra.
“Creo en el futuro de lo terrible”, escribió Cioran. La consigna parece tener la
fuerza de una broma. Si uno no se ríe, significa que uno prefiere la
felicidad.
Cioran llegó a París en 1937 y vivió en un hotel de la Rive Gauche durante
veinticinco años, antes de mudarse por fin a un pequeño departamento. La falta
de una casa, de muebles y, sobre todo, de una biblioteca era parte fundamental
de su militancia a favor de la desilusión. Sus días transcurrían en un cuarto,
en restaurantes universitarios y en paseos por la ciudad y por el Jardín de
Luxemburgo. Sus noches eran insomnes muy a menudo y esto lo llevaba a deambular
y a tomar notas en sus cuadernos. Las visiones postulaban el aburrimiento como
punto de arranque. Así había comenzado su propia vida: “Yo podría indicar el
momento de mi ataque inicial de aburrimiento, a los cinco años. Pero, ¿para qué?
Siempre me he aburrido enormemente”. Escribió su primer libro,
En las cimas
de la desesperación, a los veintidós años, en 1934, y extrañamente no cambió
de opinión ni de estado de ánimo hasta su muerte en 1995. Lo curioso es que
insistiera en escribir, en comunicar algo que, en realidad, anulaba la
importancia misma de la comunicación. Consulté seis obras de Cioran y, fuera de
Ejercicios de admiración, la selección de sus
Cuadernos
(publicados póstumamente) y
Conversaciones, tuve la sensación
constante de estar leyendo el mismo libro, en cuyos fragmentos y a veces
aforismos los temas son recurrentes: el hastío, la ausencia de Dios, la Nada
intrínseca y periférica, el sufrimiento como actividad casi higiénica, la
inutilidad y el engaño de la filosofía tradicional, la estupidez de la gloria y
de la humanidad, la ineficacia del amor, la exaltación de la muerte y el miedo a
morir. Tal recurrencia se acaba asemejando, al principio, a un pensamiento y
luego, cuando uno se adentra en las muchas páginas, a una forma exaltada de
pobreza y de esterilidad. Hay, además, un elemento disonante en la desolación de
Cioran, un tono poético, lírico, romántico que lo acerca peligrosamente al
sentimentalismo que rechaza machaconamente. Parecería que la vocación literaria
es más poderosa que la filosófica, pero que el talento o las premisas son tan
limitados que no logran salvo negar el principio de la construcción que
imaginan. El propio Cioran admitió en sus
Cuadernos que era un
sentimental, un romántico a la vieja usanza. Sugirió incluso una justificación
de la esterilidad manifiesta de sus escritos más oficiales: “En la época en que
escribía en primera persona, todo salía solo: desde que desterré el ‘yo’, la
menor frase exige un esfuerzo y no siento la menor inclinación a producirla. La
impersonalidad paraliza mi espontaneidad”. Quizá por la presión editorial, por
su éxito relativo —ganó numerosos premios, aunque sólo aceptó el primero— Cioran
se convirtió en un profesional de los malos augurios y las pésimas noticias. Muy
a su pesar, como se puede ver en los
Cuadernos. Ahí se vislumbra el drama
entero de una obra hecha de puros comentarios inconexos; se percibe la tragedia
de su incongruencia y se reconoce su absoluta autenticidad. Ahí está la otra
cara, la oscura y realista, del Cioran que en sus libros más célebres da la
impresión de ser sólo un hablador, un publicista experto en los matices del
horror. También ahí se halla toda la argumentación de su indiferencia: a Ciorán
de veras no le importaba la suerte de sus escritos. Eran simplemente un
instrumento adecuado para mitigar la duración del tiempo. Tal vez lo que más
habría querido es componer poemas. Sus palabras suelen rondar ese hueco. De ahí
que lo mortificara tanto la belleza del cielo o del mar o de un risco en pleno
invierno. En prosa se desbarataba la inmediatez y se ponía de manifiesto el
dilema rudimentario de la fugacidad; sólo un poema habría podido capturar ese
instante de dicha y de comunión.
En Cioran no hay cabos sueltos. Cualquier objeción que uno pudiera hacer a su
obra tenía una respuesta perfectamente racional en sus
Cuadernos y sus
entrevistas. Cuando se le preguntó en 1977 por qué escribía si le resultaba tan
inútil y laborioso, él argumentó lo siguiente: “Escribir, por poco que sea, me
ha ayudado a pasar los años, pues las obsesiones
expresadas quedan
debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado
papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y
publicar también…” Aclaró en la misma entrevista que a él no le importaba el
lector y escribía únicamente para curarse de sus trastornos. También el
carácter disgregado de su obra obedecía a una propedéutica del dolor e incluso
de la libertad. La filosofía sólo era posible como pedacería, como explosión;
ésa había sido la gran lección de Nietzsche, su prueba de honestidad, de
fidelidad a la naturaleza inestable del pensamiento. Al emprender un ensayo
largo, señaló Cioran, uno empieza por una serie de afirmaciones, de
generalizaciones y luego queda “prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez
le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse… Éste es
el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción… En
cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una
cosa y la contraria”. En Cioran esta contradicción positiva es apenas
perceptible, quizá porque lo suyo consistía menos en las ideas que en las
consecuencias de irlas borrando por ser obstáculos a la atmósfera en la que él
prefería sobrevivir, la del vacío o la nada, esas dos palabras que ahora
resuenan como artículos de una moda caduca, pero que Cioran había perfeccionado
en motivos de una devoción cotidiana. Conmemorar el fracaso, describirlo aunque
fuera con un ingenio tan literario que lo ponía en entredicho, fue uno de sus
propósitos cardinales. Que en esta hazaña se topara de repente con lectores y
admiradores era accidental, y no le proporcionó a Cioran ninguna oportunidad de
redimir su causa injusta y trasladarse del lado de la alegría y el calor
humanos.
No deja de inquietar que lo más sugestivo de Cioran no esté en sus libros
deliberadamente filosóficos, sino en las justificaciones que anotó en sus
Cuadernos y declaró en sus entrevistas, donde uno halla la plenitud de un
sarcasmo autodirigido, de un escepticismo veloz y marginal sin la ideología y el
disfraz que él le impuso en sus tratados más ortodoxos. El carácter fragmentario
no lo libró del peso de la repetición ni de la carga enorme de fabricar un
sistema incluso a contracorriente. Cioran terminó siendo prisionero de una
libertad que se anquilosó en una fórmula y de un estilo que le impidió inventar
otros recursos, pues lo que buscaba decir era finalmente unilateral y carecía de
contradicciones internas. Éstas existían afuera, en la vida misma, donde Cioran
iba y venía como mera persona, con amigos, compromisos sociales, mujeres, citas,
conversaciones y seguramente largos tramos de normalidad.
Según cuenta Cioran, el estilo fue una atadura que surgió con su adopción
del francés. Anteriormente, en sus libros escritos en rumano, la plasticidad de
esa lengua, con tan poca tradición académica y literaria, le había permitido un
movimiento más diverso. Podía escribir mal sin que hubiera el menor problema de
recepción. Sin embargo, con el francés tuvo que hacerse más consciente y, en
consecuencia, menos confiado. Se puso una máscara y alteró en cierto modo su
destino entero. Por fortuna, pudo incorporar esta metamorfosis a su resignación
más general: un idioma era el culpable de las constricciones, no un
contenido.
Entre los libros traducidos del rumano y los traducidos del francés no veo
mucha diferencia. Quizás eran más estentóreos, grandilocuentes los de la lengua
original. Cioran aprendió algunos protocolos de cortesía o, en todo caso,
conoció a algunos de sus interlocutores y aprendió a escribir con esas miradas
por encima del hombro. Sea como sea, es raro que un mensaje negativo se haga tan
popular, que un sueño de soledad desemboque en una aspiración comunal. Cioran
confesó que la mayor parte de sus lectores eran personas desquiciadas, suicidas
en potencia que lo consideraban menos como un autor que como un terapeuta de la
negrura. También confesó que había puesto en sus libros “lo peor de mí mismo”.
Tal vez en venganza merece nuestro desinterés, aunque no lo provoque. Más bien
despierta, a la larga, cuando uno se percata de que el mensaje es una cantilena
invariable, un hastío y una irritación equivalentes a los que él padece. Y
cierta suspicacia, digamos, pomposamente, intelectual. Como si Cioran hubiera
tomado la ruta fácil, la de echar todo por tierra y luego burlarse de la
ridiculez de los pedazos. En otra entrevista aclaró que su preferencia por los
fragmentos y los aforismos provenía de la pereza, pues para escribir textos
hilados había “que ser un hombre activo. Yo
nací en el fragmento”. Lo
cual oscila entre el enigma y una descripción histórica (y casi histérica) de
Rumania.
El remordimiento puede ser la otra cara del pesimismo. Cioran fue culpable de
haber apoyado con vehemencia a la Guardia de Hierro en su país y de haber
admirado a Hitler y el nazismo durante su estancia de dos años en Alemania. En
un escrito del 15 de julio de 1934 declaró lo siguiente: “No hay ningún
político en la actualidad que me inspire más empatía y admiración que Hitler”.
Aunque reconocía la monstruosidad del personaje, consideraba que sólo un líder
así podía conducir a un país hacia la grandeza. Escribió incluso un libro acerca
del tema,
La transfiguración de Rumania, que lo avergonzó hasta el final
de su vida. Ya aquejado de Alzheimer, dio el aval para que se reeditara en
Rumania, nunca en Francia.
Sus seguidores apenas toman en cuenta estas ignominias o las tildan de
pecados de juventud. Por ejemplo, en la cronología que publica Tusquets en el
volumen
Conversaciones se menciona de paso la simpatía con la Guardia de
Hierro, que de algún modo se minimiza señalando su arraigo místico, pero no se
dice nada acerca de la fascinación con Hitler. En 1986 un periodista de
Die
Zeit le preguntó a Cioran acerca de su juventud fascista y éste respondió
con su destreza habitual: “No eran sus ideas lo que me interesaba, sino más que
nada su entusiasmo. Establecía entre esa gente y yo como un vínculo. Una
historia patológica, a fin de cuentas. Pues por mi cultura y mis concepciones
yo era totalmente diferente de ellos”. Ya en Francia intentó borrar las huellas
de estas bajas pasiones y se hizo fanáticamente apolítico. Hasta cierto punto su
pesimismo tan furibundo fue una justificación velada de sus deslumbramientos
juveniles: si de veras nada importa, entonces tampoco importa lo malo. La última
consecuencia de tal paradigma es una incómoda pero elegante frivolidad. Ahí se
instaló Cioran para lanzar sus invectivas.
El culto al entusiasmo que recorre toda su obra es sorprendente: una especie
de furia animosa que acaba siendo una apuesta vital. A Cioran le procuraba un
enorme placer su inagotable capacidad discursiva, cuyos cimientos eran la
negación rotunda; por lo tanto, encima se podía erigir cualquier estructura.
Según él no era pesimista, sino piadoso: “Incluso ‘consolador’. Soy un modesto
bienhechor. Pero mi remedio no es universal”. Sin embargo, es remedio, lo cual
apunta hacia una forma de esperanza y hacia la clave misma del pesimismo como
estrategia o superstición: si se adopta una visión absolutamente negativa, lo
que traiga la mera vida, la más ordinaria, marcará una diferencia tan grande que
le concederá, al portador del pesimismo, una dicha mediana. La complejidad del
nudo no cancela su eficacia. El problema son las palabras: poner por escrito lo
que sólo se debe insinuar como profecía, si uno es pretencioso, o previsión, si
uno intenta ser práctico. Quizás el mayor defecto del pesimismo es que sus
mecanismos no incluyen las posibles excepciones ni los cambios de opinión. Un
pesimista difícilmente puede anunciar que va a optar, pasajeramente, por las
vías del optimismo. Aunque su naturaleza retorcida podría argumentar que, como
nada vale la pena, conviene más ser feliz. Pero entonces soltaría las riendas
del diminuto poder de predecir siempre un desenlace funesto, lo cual le otorga
las armas de un demiurgo que, por si fuera poco, nunca pierde la jugada: si lo
malo que predijo no ocurre, el alivio es casi igual a la felicidad; si por el
contrario la predicción se cumple, haber tenido la razón le proporciona un gran
gusto y una sensación tolerable de orgullo, pues se quedó con la última palabra,
con el muy famoso: “Yo se lo dije”, divisa reconfortante que, entre otras
cosas, borra los rasgos del azar.
Cioran se hartó de “calumniar al universo” y, al cabo de múltiples libros y
de una ambigua celebridad, resolvió guardar silencio. Pero tal vez era demasiado
tarde. Su pesimismo ya había hecho escuela, ya había corrido con muy buena
fortuna. ¿Habrá algo más agobiante para el desencanto que convertirse en su
promotor? Un pensamiento tan pesaroso tendría que haber desembocado en el
suicidio o, al menos, la locura, no en los salones y las revistas de París.
Siempre hábil, Cioran convirtió ambas salidas en apotegmas: el suicidio en su
idea más positiva —“Es muy importante saber que podemos matarnos cuando
queramos. Eso nos calma, nos satisface. El problema está resuelto y la comedia
continúa…”— y la locura en un efecto especial de la intensidad, un artilugio de
la mente ya acostumbrada a lidiar con monstruos. Cerca del final de su vida
aceptó que su papel de apoyo moral, de confesor laico, era una gran ironía:
“Sobrevivir a un libro destructor es siempre penoso para un escritor”. Es
decir, hasta el propio pesimismo defraudó a Cioran, que ni siquiera consiguió el
fracaso que tanto había anunciado e incluso logró cumplir con su propósito de
nunca trabajar: vivió de la generosidad de varios mecenas y después del empleo
de su mujer, Simone Boué. Ante tales triunfos ambivalentes quedaba un paliativo:
decepcionarse de la decepción y callar. El cuerpo viejo y enfermo se encargaría
de lo demás.
Por simple coherencia, la suerte del pesimismo tiene que ser mala, sino
justificaría cierto grado de optimismo. Las fallas en su adicción mecánica a
los pronósticos devastadores no lo desmienten, únicamente posponen sus efectos.
Entre una consecuencia rotunda y otra hay muchos días convencionales. Y es ahí,
en esas rachas de duración indolora, donde el pesimismo funciona como
instrumento de modulación, como un método de contraste que sirve para ir
administrando pequeñas dosis de bienestar. El juego depende de que el tiro de
dados sea la premisa, no la conclusión. A partir de cómo caen las piezas puede
uno, pesimista, adaptar el infortunio a las circunstancias y provocar a veces
chispas de felicidad. El truco reside en no creer que se pueda repetir. Se trata
menos de una decisión que de una especie de artesanía de la conjetura; algo que
uno hace por hábito y por carácter, no por conocimiento.
Pero termina siendo una jaula. Schopenhauer se hizo famoso, en parte, por sus
injurias y su negativismo, no por su filosofía a secas. Como a un animal de
circo, la gente deseaba ver de cerca sus aspavientos y oír esas horribles
proclamas en voz alta: “El infierno del mundo supera al infierno de Dante en que
cada cual es diablo para su prójimo”. La vida oscilaba como un “péndulo entre
el dolor y el hastío” y ninguna alegría era capaz de desequilibrar la medida
perfecta e inamovible del sufrimiento. El optimista respondería, como el Cándido
de Voltaire, que, sea como sea, éste es el mejor de los mundos posibles y que
uno debe aprender a relativizar antes de establecer parámetros fijos. Tal
medianía haría reír al pesimista. La verdad en serio no puede depender de algo
tan volátil como la perspectiva. La existencia del hombre, remató Schopenhauer,
es “una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo,
sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir… Y así sucesivamente por los
siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se haga trizas”.
En un plano personal el asunto tiene que ver con los humores: el malo del
pesimista y el bueno del optimista. Lo cual no se escoge; uno se adapta y
aprende o desaprende. Ninguna actitud, por desgracia, modifica el dato
sustancial de la mortalidad. Queda el trayecto. El optimista sabe maniobrar; el
pesimista, como un perro terco, no suelta el hueso de la obviedad. Y eso
dificulta defenderlo. A veces, en los días menos lúgubres, el pesimista puede
vislumbrar entre líneas o entre rejas a su contrario. Entonces advierte que en
realidad andan siempre juntos. Y ese peligro, el de la discordia, lo anima.
®
—Capítulo del Libro de las explicaciones, Oaxaca: Almadía, 2012.
Reproducido con la autorización de la editorial.